Mi posición frente a la pregunta “Cuando encontramos un problema, ¿por qué nuestra primera tarea no debería ser solucionarlo?” si la pienso bien es compleja de responder, porque va en contra de todo lo que me enseñaron antes.
Durante toda mi vida académica se me premió por ser rápida. Yo era la que terminaba primero el examen, la que hacía más rápido la tarea, la que tenía la respuesta en el laboratorio, la que proponía la idea en el grupo. Reconocían al que primero actuaba, por eso yo desarrollé reflejos de solucionar todo de la forma más rápida posible. Creía que ser buena era ser veloz.
Pero cuando entré a la universidad sentí que no podía solucionar nada, que me costaba más de lo que me costaba en el colegio, y me sentí insuficiente porque por alguna razón sentía que no estaba dando la talla. Veía que mis soluciones rápidas ya no funcionaban. Me frustraba mucho.
Con el tiempo me di cuenta de que no era la única, entendí que el objetivo no era darle una solución rápida a todo. Entendí que tenía que hacer prueba y error, que primero tenía que entender mi problema. Entendí que cuando me enfocaba en darle una solución definitiva a algo sin cuestionarla, sin ni siquiera darme tiempo de entenderlo, al final terminaba fallando y omitiendo pasos que, si hubiese cuestionado o si me hubiese dado tiempo de analizarlo, o si hubiese tratado de buscar distintas soluciones, no hubiera pasado.
¿Pero por qué no debemos solucionar el problema de primero? Porque lo que vemos a simple vista casi nunca es la raíz de la situación; eso solo es la superficie. Cuando lo que buscamos es solo darle solución al problema, estamos atacando el síntoma, no la enfermedad. Si no nos detenemos a mirar qué hay detrás, terminamos perdiendo tiempo, plata y energía inventando soluciones perfectas para problemas que no existen.
Solucionar rápido también nos hace quedarnos con la primera idea. Es como si nos cegáramos y no estuviéramos dispuestos a ver más allá de ella. Entonces lo que hacemos es quedarnos con la idea más fácil, la que todo el mundo ve y no nos damos tiempo de explorar y ver cosas nuevas. En clase lo vimos con el modelo del Doble Diamante: el primer diamante es para abrir y entender, el segundo es para cerrar y solucionar. Si cierras de una vez, te quedas con la idea más mediocre.
Un ejemplo concreto me pasó con mi proyecto de rPET. Mi problema era que el filamento me salía con burbujas. Mi solución rápida fue meter el material a extruir para crear el filamento en la secadora de filamento Creality en un vaso de precipitado por 12 horas a 65°C. Pensé que lo había solucionado. Pero cuando medí la humedad, había subido de 8% a 13%. Lo había dejado peor. No había entendido que el problema no era el tiempo, era que el vaso atrapaba el vapor y no tenía por dónde salir. Estaba solucionando el síntoma sin entender la causa.
Esto conecta con un ejercicio que hicimos en Diseño y Prototipado que a mí me marcó: el de la entrevista de empatía, donde teníamos prohibido dar soluciones y solo podíamos hacer preguntas. Para alguien cómo yo que siempre quería solucionar rápido, fue muy incómodo solo escuchar y no poder proponer alguna solución o dar una sugerencia. Pero fue ahí donde entendí que cuando te aguantas las ganas de solucionar, la persona te cuenta la verdadera historia y te das el tiempo de entender el contexto y tener en cuenta varios factores, la posible solución sea aún mas efectiva que dar una recomendación del momento.
Después de reflexionar sobre esta pregunta, considero que entender el problema es una parte fundamental de encontrar una buena solución. Una solución puede parecer correcta, pero si no responde a la verdadera situación, probablemente el problema volverá a aparecer. Por eso, ahora personalmente, prefiero aprender primero a identificar y comprender lo que ocurre y después buscar la manera de solucionarlo. A veces, la mejor forma de avanzar es detenerse un momento y pensar.
T0 dieron "Me gusta"Publicado en Diseño y Prototipado





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