Por Lizett Villar – Universidad del Magdalena, Semillero de Transición Energética Justa
Hay espacios que no solo se viven, sino que transforman la manera en la que entendemos el mundo. Durante esos días, entre conversaciones, plenarias, encuentros y reflexiones colectivas, comprendí que hablar de transición energética no es únicamente discutir sobre energía o combustibles fósiles; es hablar de personas, territorios, desigualdades, esperanza y futuro. Cada voz escuchada dejó una sensación distinta. Desde los movimientos sociales hasta las discusiones académicas y políticas, todo parecía conectarse en una misma pregunta: ¿cómo construir un mundo más justo sin seguir sacrificando la vida y los territorios? Tuve la oportunidad de participar en la preconferencia y conferencia Más allá de la salida de los combustibles fósiles, una experiencia que permitió reunir diferentes perspectivas alrededor de la transición energética y el post-extractivismo.
Durante el viernes 24 y sábado 25 de abril participé en el capítulo académico, específicamente en un work stream denominado Post-Extractivism. Allí se desarrollaron discusiones alrededor de propuestas para abordar el post-extractivismo desde diferentes dimensiones sociales y políticas. Entre los temas tratados estuvieron las políticas públicas, seguridad alimentaria, el militarismo, la industria de la ropa y el transporte, entendiendo que la transición no puede limitarse únicamente al cambio de una fuente energética, sino que requiere transformar múltiples estructuras que sostienen el modelo actual. Uno de los aspectos más enriquecedores fue comprender cómo todos estos temas se encuentran profundamente relacionados. Las discusiones permitieron reflexionar sobre la necesidad de construir alternativas que prioricen la vida, la justicia social y ambiental, así como nuevas formas de relacionarnos con el territorio y el consumo.
Asimismo, tuve la oportunidad de compartir con movimientos sociales, organizaciones y participantes de la Cumbre de los Pueblos. Este espacio fue fundamental para reconocer cómo las comunidades viven directamente estos procesos y cómo, desde sus experiencias, construyen resistencias y propuestas frente a las problemáticas ambientales y sociales. Escuchar sus voces permitió entender que las transformaciones no solo nacen desde los escenarios institucionales, sino también desde los territorios y las luchas colectivas. Finalmente, durante el martes y miércoles participé como voluntaria en la conferencia de alto nivel, donde pude observar el desarrollo de las plenarias y las discusiones entre distintos países. Allí se abordaron hojas de ruta y compromisos orientados a avanzar hacia la salida de los combustibles fósiles, evidenciando tanto los retos como la urgencia de construir acuerdos internacionales frente a la crisis climática.
Más allá de los debates técnicos y políticos, esta experiencia dejó una reflexión clara: la transición energética debe ser justa, colectiva y humana. No se trata únicamente de cambiar combustibles, sino de transformar las formas en las que habitamos el mundo y entendemos el desarrollo. Participar en estos espacios reafirma la importancia de seguir construyendo diálogos entre la academia, las comunidades, las organizaciones y los escenarios políticos, entendiendo que solo a través del trabajo colectivo será posible imaginar y construir futuros más sostenibles y justos para todos.
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