En la universidad pasamos gran parte del tiempo buscando la respuesta correcta: la del parcial, la del ensayo, la que el profesor espera. Pero rara vez nos detenemos a disfrutar de la pregunta. La curiosidad, esa gana genuina de saber por qué las cosas son como son, suele quedar en segundo plano cuando la carga de trabajos y parciales se intensifica. Sin embargo, son precisamente esos momentos de duda, cuando algo no cierra, cuando un tema te genera más inquietudes que certezas, los que realmente te forman como profesional y como persona.
He visto a compañeros que memorizan perfectamente un tema y lo olvidan dos semanas después del examen. Y he visto a otros que, aunque no saquen la nota más alta, terminan investigando por su cuenta, haciendo preguntas incómodas en clase o conectando lo que aprendieron en una materia con otra completamente distinta. Esos son los que, años después, recuerdan con más claridad lo que estudiaron. La curiosidad no solo hace más interesante el proceso: lo hace más duradero.
La próxima vez que sientas que solo estás “cumpliendo” con una materia, detente un segundo y pregúntate: ¿qué es lo que realmente me genera duda de esto? Esa pregunta, por pequeña que sea, puede ser el inicio de un aprendizaje mucho más valioso que cualquier calificación. Atrévete a ser curioso. Se disfruta y se aprovecha mucho más la universidad cuando dejas de enfocarte solo en las respuestas y empiezas a prestar atención a las preguntas que te surgen.
T0 dieron "Me gusta"Publicado en Desarrollo personal





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