Lo que me dejó el curso Monitores que Inspiran, desde la monitoría de Cálculo Integral
Cuando empecé como monitor de Cálculo Integral creía que mi trabajo era claro: explicar bien, resolver rápido y dejar el tablero lleno de procedimientos correctos. Si el estudiante copiaba y entendía, misión cumplida. El curso Monitores que Inspiran me obligó a revisar esa idea, y hoy la veo distinta: mi trabajo no es entregar respuestas, es acompañar a alguien mientras construye las suyas.
El primer giro fue metodológico. Con el Aprendizaje Basado en Problemas (ABP) entendí que la pregunta va antes que la fórmula. Antes yo abría la monitoría con «hoy vemos integración por partes»; ahora prefiero abrir con una situación que no se puede resolver con lo que ya sabemos, y dejar que la técnica aparezca como una necesidad y no como una imposición. El estudiante deja de preguntar «¿esto para qué sirve?» porque ya lo está usando.
El segundo giro fue en la forma de conversar. El marco conversacional me mostró que una monitoría no es una clase reducida: es un espacio de diálogo. Diseñarla implica pensar qué voy a preguntar, no solo qué voy a explicar. Aprendí a callarme unos segundos más, a devolver la pregunta, a pedirle al estudiante que me explique a mí su razonamiento. En cálculo eso es revelador: muchas veces el error no está en la integral, sino en un concepto de límite o de área que quedó suelto tres semestres atrás.
El tercer giro fue humano. Conocer el Ser, el Saber y el Hacer me recordó que al frente no tengo un cuaderno con ejercicios, tengo una persona. Alguien que quizá llega con miedo a la materia, con un parcial perdido encima o con la sensación de que «no es bueno para las matemáticas». Si solo atiendo el Saber, dejo por fuera la mitad del problema.
El cuarto giro fue diagnóstico. La técnica de los 4 porqué se volvió mi herramienta favorita. Un estudiante dice «no entendí integrales por sustitución». ¿Por qué? Porque no sabe qué elegir como u. ¿Por qué? Porque no reconoce la derivada dentro del integrando. ¿Por qué? Porque las reglas de derivación no están automatizadas. ¿Por qué? Porque las aprendió memorizando y nunca las practicó. El dolor real casi nunca es el que se enuncia al principio, y también aplica para mí como monitor cuando algo no funciona en la sesión.
El quinto giro fue tecnológico. Aprender a usar herramientas de IA cambió la forma en que preparo mis monitorías: generar variaciones de un mismo problema, crear contraejemplos, proponer situaciones de aplicación, revisar si mi explicación tiene vacíos. La IA no reemplaza el acompañamiento; me devuelve tiempo para lo que sí es insustituible, que es estar con el estudiante mientras piensa.
Si tuviera que resumirlo con el lenguaje de mi propia asignatura, diría esto: una monitoría no es un valor puntual, es una acumulación. Ninguna sesión aislada transforma a nadie, igual que ningún rectángulo describe por sí solo el área bajo la curva. Lo que transforma es la suma sostenida de encuentros bien diseñados, de preguntas mejor formuladas y de una presencia que reconoce a la persona detrás del ejercicio.
Salgo del curso con una convicción sencilla: inspirar no es impresionar con lo que sé, es lograr que el otro descubra lo que puede.
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