Imagina a don Carlos. Sale al mar antes de que amanezca desde alguna playa del Magdalena o La Guajira, como lo ha hecho toda su vida. Lanza sus redes con la misma destreza que aprendió de su padre. Pero hoy las redes vuelven llenas de bolsas, envases y fragmentos de plástico. Pocos peces. Mucho plástico. Y en el motor, un pedazo de funda plástica que lo funde antes del mediodía. La jornada termina. La deuda, empieza.
El costo que nadie asume
En economía existe un concepto llamado externalidad negativa: el costo de producir algo que no lo paga quien produce, sino quien lo padece. La contaminación plástica es quizás el ejemplo más brutal de este mecanismo en nuestro tiempo.
Dicho de otra manera: las comunidades pesqueras del Caribe colombiano están subsidiando con su precariedad la rentabilidad de industrias que nunca pisaron su playa. Desde la perspectiva de la justicia climática, esto no es solo injusto. Es estructural. Y tiene nombre: subsidio invisible.
Lo que el mar ya no puede ocultar
En el Golfo de Morrosquillo, en la Ciénaga Grande de Santa Marta, en las costas de Urabá o en los pueblos pesqueros de La Guajira, la historia se repite con pequeñas variaciones. Los pescadores artesanales, pilar histórico de la soberanía alimentaria de estas regiones, enfrentan hoy una crisis que va más allá de la escasez de peces.
Los microplásticos ya no solo flotan en la superficie. Se integran en las cadenas tróficas marinas, fragmentándose hasta volverse invisibles. Los impactos son concretos y cotidianos:
- Menos capturas: porque los ecosistemas alterados producen menos vida marina.
- Equipos dañados: motores fundidos por plásticos enredados, redes destruidas por escombros flotantes.
- Jornadas perdidas: horas dedicadas a reparar en lugar de pescar, pescar en lugar de descansar.
Para quien vive de lo que trae el mar cada día, un motor fundido no es un contratiempo técnico. Es el fin del ingreso de esa semana y el inicio de una deuda que muchas veces no tiene salida.
La dimensión que los titulares no cuentan
Hay una cara de esta crisis que rara vez aparece en los informes o en las noticias: las mujeres de las comunidades costeras.
En lugares como Taganga, Tasajera o Manaure, son ellas quienes sostienen las economías del cuidado y del comercio informal. Venden el pescado, administran el hogar, cuidan a los mayores. Y cuando la contaminación golpea, son ellas quienes asumen una carga adicional: buscar agua limpia, gestionar la escasez, mitigar los efectos de un entorno cada vez más degradado.
Ese trabajo invisible, no remunerado, consume horas que podrían ir a la educación, al emprendimiento o simplemente al descanso. La contaminación plástica también destruye oportunidades.
¿Y entonces qué?
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda y necesaria.
Las jornadas de limpieza de playas son hermosas y necesarias. Pero limpiar el síntoma no cura la enfermedad. Mientras el modelo de producción y consumo siga externalizando sus costos hacia las comunidades más vulnerables, don Carlos seguirá sacando plástico en lugar de peces.
La solución no puede ser solo individual. Exige transformaciones sistémicas: responsabilidad extendida del productor, políticas públicas que internalicen el costo real del plástico, y comunidades costeras con voz real en las decisiones que afectan su territorio.
La contaminación plástica no es un problema ambiental con solución técnica. Es un fenómeno económico, social y de justicia que redefine las condiciones de vida de miles de familias en el Caribe colombiano.
T0 dieron "Me gusta"Publicado en Nereidas
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