La inteligencia artificial puede ser tanto una herramienta competente como una competencia para la humanidad, dependiendo del uso que se le dé y del contexto en que se implemente. Por un lado, representa un gran avance al automatizar tareas repetitivas o peligrosas, mejorar diagnósticos médicos, personalizar la educación y ayudar a resolver problemas globales como el cambio climático. Sin embargo, también puede convertirse en una competencia si desplaza empleos, aumenta la desigualdad tecnológica, se usa sin ética ni regulación, o genera una dependencia excesiva. En ese sentido, la IA no es una amenaza en sí misma, pero su impacto dependerá de cómo la desarrollemos, implementemos y controlemos. En manos responsables, puede ser una poderosa aliada del progreso humano.