Por Loraine Lora – Universidad del Magdalena, Semillero de Transición Energética
Trabajar en proyectos interdisciplinarios ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi proceso profesional y académico. Lo que me permitió comprender que los problemas sociales, ambientales y territoriales que vivimos, no pueden analizarse desde una sola perspectiva. Las realidades son complejas y, precisamente por eso, necesitan ser entendidas desde diferentes aristas.
Por ejemplo, en el proyecto Deconstrucción de patrones de género como elemento fundamental de la transición justa en La Jagua de Ibirico, participamos economistas, antropólogas, abogadas, profesional audiovisual y, por supuesto, la comunidad. Cada persona aportó herramientas distintas para comprender un mismo problema. Y fue justamente ahí donde estuvo la riqueza del proceso.
Mientras algunas investigadoras analizaban los vacíos de las políticas mineras en temas de equidad de género, otras estudiaban los comportamientos y dinámicas sociales dentro de los territorios. Al mismo tiempo, el análisis de las cifras permitió evidenciar la magnitud de las violencias basadas en género. Pero más allá de los datos, escuchar los testimonios de las comunidades transformó completamente la manera de entender la investigación.
Las cifras comenzaron a tener rostro, contexto e historia. Los relatos explicaban muchas de las dinámicas sociales identificadas y, a su vez, mostraban cómo ciertos vacíos en las políticas públicas influían directamente en esas problemáticas. Ningún componente funcionaba de manera aislada, cada hallazgo alimentaba y fortalecía a los demás.
Como resultado, logramos co-construir recomendaciones de política pública orientadas a promover una transición justa más inclusiva, teniendo en cuenta las experiencias y necesidades de mujeres, hombres, población LGBTIQ+ y jóvenes dentro del territorio. Más que producir información, el proceso permitió construir conocimiento colectivo.
Algo similar ocurre actualmente en el proyecto de la Evaluación Ambiental Estratégica para la especial protección de las fuentes hídricas y el ordenamiento del territorio alrededor del agua y la sostenibilidad en la ecorregión Guajira. Allí, la interdisciplinariedad también es necesaria. La evaluación debe realizarse desde múltiples componentes, como gobernanza territorial, medio ambiental, participación, seguridad alimentaria, recursos marino-costeros, entre otras. Cada equipo cuenta con profesionales especializados que aportan una visión distinta del territorio y de los impactos que se analizan.
Por supuesto, trabajar de esta manera también implica retos. Muchas veces los puntos de vista son diferentes y no siempre existe consenso entre disciplinas. Hay momentos en que las perspectivas de antropólogos, ingenieros, abogados o economistas parecen ir en direcciones distintas. Sin embargo, ahí es donde realmente aparece el trabajo en equipo, la capacidad de dialogar, escuchar y encontrar puntos de articulación.
Una de las lecciones más valiosas que me ha dejado este tipo de experiencias es entender que, aunque existan desacuerdos entre investigadores, la comunidad siempre debe ocupar el centro del proceso. Escuchar cuáles son sus verdaderas necesidades, preocupaciones y problemáticas permite construir investigaciones más humanas, más completas y mucho más útiles para los territorios.
Al final, la interdisciplinariedad no significa pensar igual. Significa reconocer que cada mirada aporta algo distinto y que, cuando esas diferencias logran complementarse, las soluciones pueden ser mucho más integrales y transformadoras.
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