La erosión costera está destruyendo algo más que arena. Está borrando el acceso que la Constitución te garantiza. Datos reales de 683 encuestas en terreno.

En Colombia, la playa es un bien público. Nadie puede cobrarte por entrar. Nadie puede bloquearte el paso. Eso dice la Constitución de 1991.

Pero cuando la erosión se lleva el sendero, cuando la lancha es el único acceso y no hay muelle, cuando la pendiente extrema excluye a todo el que usa silla de ruedas — el derecho existe en un decreto que el mar no ha leído.

Esto no es un problema ambiental abstracto. Es la destrucción física del espacio público, playa a playa, temporada a temporada.

Lo que revelan 683 encuestas en 5 playas de Santa Marta

60%

de usuarios reporta restricciones físicas o económicas para acceder a la playa

84%

percibe que la infraestructura de acceso es insuficiente o directamente nula

83%

de personas con movilidad reducida califica el acceso como «no adecuado» o «deficiente»

58%

desconoce completamente que las playas son bienes de uso público y de libre acceso

Solo el 16.96% de personas con movilidad reducida cataloga la accesibilidad como «muy buena». El resto sobrevive una barrera detrás de otra.

Un decreto no puede aplanar rocas ni detener olas. El derecho al uso público es una ilusión sin infraestructura inclusiva.

Preguntas que no deberían necesitar respuesta

¿Por qué diseñamos política costera como si el mar no se moviera?

El POT de Santa Marta planifica playas como estructuras estáticas. Pero la erosión reescribe el mapa cada temporada. Una gobernanza ciega a la dinámica litoral está condenada a llegar tarde, siempre.

¿Qué le dejamos al mar cuando construimos un muro en vez de adaptarnos?

La infraestructura «dura», muros, escolleras, empeora la dinámica sedimentaria local y acelera la pérdida de playa aguas abajo. La solución no es pelear contra el mar; es diseñar con él: muelles flotantes, senderos elevados, rampas adaptables.

¿Cuántas personas dejaron de ir a la playa esta semana porque «simplemente no pueden»?

Las personas con movilidad reducida no evitan la playa por falta de interés. La evitan porque el desembarco directo en el agua, la roca inestable y la ausencia de rampa convierten un paseo en una hazaña física imposible.

Este contenido está basado en la cátedra de la docente Celene Milanés y fue adaptado con fines pedagógicos para esta publicación.

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