Según la teoría de Ekman (1984) existen seis emociones básicas que experimenta el individuo como respuesta a los estímulos del medio, bien sean externos o internos. Una de estas emociones es la tristeza, asociada a sentimientos de nostalgia, melancolía, desolación, desconsuelo o pesimismo, que derivan de factores concurrentes que resultan aversivos, como experiencias de pérdida, separación, distanciamiento o expectativas no cumplidas. Ahora bien, Darwin (1872) en su obra “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre”, además de postular que las emociones son universales e innatas, señala que cada reacción emocional tiene un distintivo anatómico. En el caso de la tristeza, esta se caracteriza por un encogimiento o retraimiento del cuerpo, ángulos inferiores de los ojos hacia abajo, cejas posicionadas en forma de triangulo y un descenso de las comisuras de los labios que permiten su expresión y reconocimiento.

Por otro lado, aunque la tristeza sea vista de forma negativa tiene funciones importantes al igual que todas las emociones, vivir las emociones es un proceso por el que todos pasamos, debido a que representan la respuesta natural de los organismos a los acontecimientos de la vida. Según Bosch (2009) “estas aportan información relacionada con el bienestar y envían mensajes acerca de si estás satisfecho o frustrando tus necesidades, deseos y metas” (pág. 33) ; Goleman es quien nos dice que una de las funciones de la tristeza es “preparar y ayudar a adaptar al ser humano a una pérdida significativa, como la muerte de una persona cercana o de una decepción bien grande” (1997, pág. 26) pues esta emoción participa en nuestra experiencia y madurez psicológica, facilitando la aparición de conductas apropiadas para convivir en sociedad, en pocas palabras la tristeza hace que seamos más adaptativos a las situaciones que nos producen conflicto interno y desde allí logra que nos reintegremos; la tristeza nos ayuda reflexionar en un proceso de introspección, en donde nos conocemos mejor, y nos permite instarnos a un cambio dirigido a lograr un equilibrio y una estructura que nos sean mejores, mostrándonos nuevas perspectivas que antes no eran visibles, encontrando un equilibrio y no la supresión emocional, que es lo más común que suelen hacer las personas, también posee una función relacional, en el que podemos reforzar nuestros vínculos sociales mediante la compañía de otros en momentos difíciles, puesto que el ser humano es un animal social que necesita de la compañía y ayuda de otros.

A diferencia de otras emociones, la tristeza se mantiene de manera más prolongada, y dependiendo de la intensidad y frecuencia con que se viva puede dejar de ser adaptativa y provocar alteraciones del estado de ánimo como depresión (García y Siverio, 2005). Si la tristeza no se tramita de manera adecuada, no solo llegaría a afectar el ánimo de la persona, sino en todas las áreas se vería reflejada, llegando a afectar su forma de actuar y su rendimiento académico, suele verse aumentado el sueño y una baja energía, también puede dejar hasta de comer, llega a afectar su modo de pensar, el cómo siente su entorno y como se siente así mismo, notando de forma excesiva si están distantes o cercanos con ellos. Pueden a llegar a sentir soledad a pesar de estar rodeados de otras personas, pueden sentir que la gente no los comprende o que no les interesa. Pues bien lo dice Sierra (2016) “cuando algo está mal en cualquiera de las áreas las otras se verán afectadas, puesto que nuestro cuerpo físico se enfermará cuando las áreas, emocional mental o espiritual están disfuncionales” (pág. 136)

Si esto llega a alargarse la tristeza puede causar depresión, lo que afectaría además de lo anterior mencionado, también en síntomas físicos, dolores de cabeza y de estómago, se le empieza a dificultar disfrutar las cosas que le gustaban, se puede llegar al punto de sentirse desesperanzados y no desean vivir, en cuanto a reacciones mentales, se asocia a sensaciones de: impotencia, irritabilidad, susceptibilidad, malhumor, melancolía, visión negativa de las cosas, nostalgia, creencias de que hay injusticia y sentimientos o estados de nerviosismo; en el ámbito expresivo, se caracteriza por hablar poco o nada, hablar en voz baja, monotonía, manifestación de sentimientos y acontecimientos tristes; en los peores casos pueden llegar a tener pensamientos suicidas o incluso llegar a hacer lesiones graves de forma consiente. Cuando la tristeza llega a un punto excesivo se le conoce como Trastorno depresivo mayor, el cual perdura por períodos extensos y suele generar desinterés por las actividades, causando conflictos en la vida cotidiana. Cuando pasan 2 años y la depresión continúa se le conoce como Distimia o Trastorno depresivo persistente, este tipo de depresión suele ser moderada pero de larga duración y puede durar por muchos años o toda la vida, cabe destacar que la tristeza es un factor que incide en este tipo de trastornos pero a su vez otros factores pueden ser desencadenantes.

Visto desde esta perspectiva, podemos comprender que las emociones al transitar por nuestro cuerpo, van dejando rastros a su paso y si bien no se tramitan de manera adecuada, nos enfrentaremos a diversos cambios físicos, psicológicos, sociales etc que pueden incidir en la evolución de una enfermedad, lo que resulta difícil, es saber cómo vivir con ellas sin que se desborden, este acto llamado inteligencia emocional es un proceso por el cual logramos comprender, aceptar, convivir, identificar, conocer, respetar y regular cada una de las emociones en función de los otros y para con nosotros mismos. Es importante enfrontar nuestras emociones, darles un lugar y aceptar su paso por nuestras vidas, pues vale la pena llegar a reflexionar sobre cómo cada una de estas nos aportan para la construcción personal.

Referencias

  • Bosch, M. (2009). Danza de las emociones. Madrid: edaf.
  • Darwin, C. (1872). La expresión de las emociones en el hombre y los animales. Argentina: Sociedad de Ediciones Mundiales.
  • Ekman, P. (1984). Expression and the nature of emotion. En K. Scherer y P. Ekman (Eds.), Approaches to Emotions. Hillsdale: Erlbaum.
  • García, M. y Siverio, M. (2005). La tristeza en niños, adolescentes y adultos: un análisis comparativo. Infancia y Aprendizaje, 28(4), 453-469.
  • Goleman, D. (1997). Inteligencia emocional (Vol. 10). Barcelona, España: Kairós.
  • Sierra, U. (2016). Despertares. Buenos Aires, Argentina: San Pablo.

Este blog se escribe por estudiantes de Psicología de la Universidad del Magdalena, como resultado de aprendizaje en la asignatura de motivación y emoción, impartida por la docente Wendy Tatiana Cervantes Perea. @wcervantes

Autores:

  • Andrés Orozco
  • Vanessa Periañez
  • Adriana López
  • Valentina Del Portillo
  • Kristian Terraza
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