El cine como espejo de la Clínica Jurídica de Derechos Humanos

El archivo luminoso 

Entré a la exposición Cine en Chile: Historia(s) en movimiento sin saber exactamente qué encontraría, y salí con la certeza de que el cine es uno de los archivos más honestos de lo que somos como sociedad, lo que hemos querido ver, lo que hemos preferido no nombrar, y lo que hemos decidido, finalmente, mostrar.

El letrero de neón del Cine Mayo fue lo primero que me detuvo. Hay algo en los letreros de cine que me parece una metáfora perfecta, luz que llama, que promete, que incluye y que, cuando se apaga, también excluye. Me quedé un buen rato frente a las butacas rescatadas, dispuestas como si el público pudiera volver a sentarse. El espacio público del cine fue, durante décadas, uno de los pocos lugares donde convivían cuerpos de distintas clases sociales en una oscuridad compartida. Eso tiene algo profundamente democrático e igualmente tenso.

La muestra recorre más de un siglo de cine chileno con una pregunta silenciosa pero persistente: ¿qué nos dice una película sobre el tiempo en que fue hecha, sobre quiénes estaban en el centro del encuadre y quiénes quedaban fuera?

El cine no solo muestra el mundo, construye el mundo que muestra. Y esa construcción es siempre política.

Las mujeres en el encuadre

En la sala dedicada al cine latinoamericano me llamaron especialmente la atención los carteles. Los hijos que yo soñé, con Libertad Lamarque; María Candelaria, con Dolores del Río. Las mujeres protagonizaban las pantallas, sí, pero ¿desde qué lugar? ¿Desde la maternidad sacrificial, el drama amoroso, la tragedia? La cámara del cine clásico las amaba y las confinaba al mismo tiempo.

Pensé en las mujeres que acompaño desde la Clínica Jurídica. Muchas de ellas también han sido «protagonistas» de historias que no eligieron: las historias que construyeron sobre ellas los expedientes judiciales, los informes institucionales, los titulares. El derecho, como el cine, también encuadra. También decide qué entra al plano y qué se deja fuera.

Trabajar con enfoque de género en la Clínica significa, precisamente, cuestionar ese encuadre. Preguntarse quién fijó el marco. Nombrar lo que el expediente omite. El cine feminista hace lo mismo desde otro lenguaje: amplía el plano, entra al fuera de campo, da voz a lo que el guión oficial silenciaba.

El cine como herramienta pedagógica en derechos humanos

Un boletín de 1932 del Instituto de Cinematografía Educativa de la Universidad de Chile planteaba algo que hoy sigue siendo urgente: que la escuela necesita el cine para superar sus propias limitaciones. Que los métodos librescos solos no bastan. Que la imagen en movimiento puede remediar lo que el texto no alcanza.

Noventa años después, la pregunta sigue vigente en las aulas de derecho: ¿por qué seguimos enseñando derechos humanos solo con códigos y sentencias, cuando el cine puede hacer visible lo que el artículo abstracto jamás logrará?

Esta visita me reafirmó algo en lo que vengo pensando desde hace tiempo: el cine es una de las herramientas pedagógicas más poderosas para enseñar derechos humanos, precisamente porque no opera solo desde el argumento racional sino desde la experiencia emocional compartida. Una sentencia de la Corte Interamericana puede describir con precisión jurídica el daño causado por una desaparición forzada. Pero una película puede hacer que esa desaparición duela. Y el dolor, cuando es pedagógico abre grietas que el manual no abre.

El derecho describe los hechos. El cine los habita. Y para enseñar sobre dignidad humana, a veces necesitamos habitar los hechos antes de poder describirlos.

La pantalla recuerda lo que preferiríamos olvidar

Salí de la exposición con la convicción de que el cine y el derecho tienen más en común de lo que suele reconocerse: ambos construyen relatos sobre lo que ocurrió, ambos deciden qué prueba vale, ambos tienen el poder de nombrar o silenciar.

La diferencia es que el cine, cuando es honesto, se permite mostrar la contradicción, la ambigüedad, el cuerpo que sufre y también el que resiste. El derecho tiende a resolver. El cine puede quedarse en la pregunta. Y a veces, para enseñar derechos humanos, necesitamos más preguntas que respuestas.

La revolución digital transformó toda la cadena de producción: cámaras, edición, efectos visuales, distribución, consumo. Las plataformas de streaming ampliaron las posibilidades creativas y modificaron las formas de narrar. La serialidad televisiva introdujo nuevas estructuras de relato. El entorno digital abrió un campo fértil para la experimentación estética, la interactividad y las narrativas transmediales.

Frente a ese panel pensé en  la inteligencia artificial como realidad cotidiana que ya habíta los procesos creativos, jurídicos, académicos. La IA genera guión, edita imágenes, sintetiza voces, produce texto. Y lo hace con una velocidad y una accesibilidad que produce dos reacciones simultáneas en quien trabaja con el conocimiento: asombro y resistencia.

He pensado mucho en eso últimamente. La academia se resiste a la IA con argumentos que conozco bien porque también los he tenido, que aplana el pensamiento, que sustituye el proceso, que borra la autoría, que deshace la escritura como práctica de construcción del sujeto. Argumentos válidos. Pero esa misma resistencia le llegó al cine en 1895, a la imprenta en el siglo XV.

 Siempre hay una tecnología que amenaza lo que consideramos auténtico, y siempre la humanidad termina incorporándola, transformando con ella sus formas de crear, de conocer, de resistir.

El cine me enseñó hoy que las tecnologías no son neutrales pero tampoco son enemigas por sí mismas. Son espejos. Lo que reflejan depende de quién las sostiene, desde dónde las dirige y a quiénes decide mostrar en el encuadre. La IA no será distinta. Y esa, me parece, es exactamente la discusión que la academia debería estar teniendo, no si usarla o no, sino cómo usarla con perspectiva crítica, con responsabilidad política, con conciencia de lo que se pone en juego cuando un algoritmo aprende de datos que ya están sesgados por siglos de exclusión

T0 dieron "Me gusta"Publicado en Derecho, Humanidades

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