Si las universidades quieren estar a la altura de la visión socrática, deben estar fundamentadas en el diálogo. Y ese diálogo tiene que ser mucho más que una comunicación unidireccional de los profesores hacia los estudiantes y luego hacia el mundo. Debe existir un compromiso real entre todos los actores de la comunidad universitaria, los profesores que aportan su conocimiento y experiencia, directivos que tienen una visión sobre el papel que deben desempeñar las instituciones, y estudiantes que participan activamente en la construcción del conocimiento.
La clave está en los estudiantes. Sin su capacidad para entablar un diálogo crítico, conversar, compartir ideas y cuestionar lo establecido, difícilmente se podrá llegar a una acción crítica. Si no existen espacios para este intercambio, la universidad corre el riesgo de estancarse. Todo se reducirá a una simple transmisión de información, sin un compromiso genuino ni un movimiento real en torno a la educación.
Si queremos estar a la altura del potencial humano, debemos reconocer que nuestras mayores capacidades son aprender, reflexionar y utilizar los conocimientos del pasado para construir un mejor futuro. Pero eso solo es posible a través del compromiso, el diálogo y la disposición de entender que todos, sin importar nuestra edad o posición, seguimos siendo estudiantes a lo largo de toda la vida.






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