La cultura de la convergencia en la era de la saturación tecnológica y la desconexión humana

Si la cultura de la convergencia prometía una democratización de la comunicación y una participación más activa de las personas en la construcción de relatos, ¿por qué hoy vivimos en un contexto de creciente homogeneización de los cuerpos, las subjetividades y las formas de relacionarnos, acompañado de una sensación cada vez más extendida de aislamiento y soledad?

«La convergencia sucede en nuestras cabezas», plantea Henry Jenkins. Para el autor, la cultura de la convergencia trasciende lo tecnológico y no depende únicamente de dispositivos o plataformas; es un fenómeno cultural que transforma la manera en que las personas se relacionan con la información y participan en la producción de sentidos.

En este escenario comienzan a desdibujarse las fronteras entre productores y consumidores. Las audiencias dejan de ser sujetos pasivos para convertirse en participantes activos que interpretan, comparten, resignifican y expanden los contenidos que reciben. Esta convergencia es posible gracias a lo que Jenkins denomina inteligencia colectiva, una construcción de conocimiento que emerge de la colaboración entre múltiples individuos. Nadie lo sabe todo, pero todos sabemos algo. El conocimiento colectivo surge precisamente de la articulación de esos saberes dispersos.

La cultura de la convergencia representa entonces una promesa profundamente democrática, más personas participando en la producción de relatos, más voces disputando el sentido de la realidad y más posibilidades para construir conocimiento de manera colectiva.

Sin embargo, esta promesa también nos obliga a formular algunas preguntas. En una época marcada por la saturación tecnológica, el flujo permanente de información y la proliferación de plataformas que aparentemente permiten a cualquier persona expresarse, ¿hasta qué punto esta participación es realmente democrática? ¿Estamos desafiando estructuras establecidas históricamente o simplemente participando dentro de nuevas formas coercitivas más sutiles?

Resulta innegable que el desarrollo tecnológico ha ampliado nuestras posibilidades de expresión y de conexión. Hoy podemos compartir lo que pensamos, sentimos y vivimos desde dispositivos que caben en nuestros bolsillos. Ahora podemos construir redes digitales que conectan territorios distantes, comunidades diversas y personas que, de otro modo, probablemente nunca se habrían encontrado.  Ya no somos únicamente consumidores de contenidos; también somos sujetos políticos, sociales y culturales con el poder de narrarnos y representarnos.

Las movilizaciones sociales recientes ofrecen ejemplos claros de este fenómeno. Durante el Paro Nacional de 2021 en Colombia, miles de jóvenes utilizaron sus teléfonos celulares para registrar acontecimientos, denunciar abusos, convocar a la ciudadanía y protegerse colectivamente. También fuimos testigos, a través de esas mismas pantallas, de la violencia ejercida contra quienes se movilizaban. El dispositivo tecnológico dejó de ser únicamente una herramienta de consumo para convertirse en un instrumento de memoria, denuncia y articulación comunitaria.

Sin embargo, si las tecnologías han ampliado nuestra capacidad para narrarnos, también es necesario preguntarnos quién configura las imágenes a través de las cuales nos narramos. Es precisamente aquí donde las reflexiones de Harun Farocki, adquieren relevancia.

Para Farocki, las imágenes no son simples representaciones del mundo. Son dispositivos que organizan la mirada, producen sentido y participan activamente en la configuración de la realidad social. Más que reflejar el mundo, las imágenes contribuyen a construirlo. Las imágenes no son neutrales, implican decisiones sobre qué mostrar, qué ocultar y desde qué perspectiva mirar.

Ahora bien, la democratización de la producción de contenidos no implica necesariamente una democratización de los imaginarios. Aunque hoy más personas pueden producir imágenes y relatos, seguimos inmersos en sistemas capaces de determinar qué se vuelve visible, qué permanece oculto y qué formas de vida son reconocidas como legítimas. Una imagen puede naturalizar una forma de poder, volver invisible una violencia o establecer qué cuerpos parecen normales y cuáles aparecen como extraños.

Podríamos entonces preguntarnos hasta qué punto la participación ciudadana está condicionada por el acceso a la tecnología y por las lógicas que gobiernan los entornos digitales. Si la cultura de la convergencia prometía una distribución más democrática de la capacidad narrativa, también resulta necesario preguntarnos quiénes controlan hoy los flujos de información, la visibilidad y la producción de sentidos. Los antiguos monopolios mediáticos no han desaparecido por completo; en muchos casos se han transformado en plataformas, algoritmos y corporaciones tecnológicas capaces de determinar qué relatos circulan, cuáles permanecen invisibles y qué formas de vida son reconocidas o excluidas dentro del espacio público digital.

Si Farocki nos ayuda a comprender cómo las imágenes producen imaginarios, Paula Sibilia nos permite observar cómo esos imaginarios terminan inscribiéndose en nuestros propios cuerpos. En El hombre postorgánico, la autora describe una sociedad en la que la tecnología ya no actúa únicamente como una herramienta externa, sino como una fuerza capaz de transformar las formas en que construimos nuestra identidad.

¿Cómo habita el cuerpo esta nueva era? Sibilia plantea la imagen de un cuerpo que comienza a percibirse como insuficiente frente a la velocidad, la conectividad permanente y la enorme cantidad de información que atraviesa la vida contemporánea. En la cultura digital, el cuerpo ya no es únicamente una dimensión biológica; se convierte en una superficie de representación, exposición y validación social.

La participación ya no consiste solamente en producir contenidos; implica también producirnos a nosotros mismos como imágenes. Nuestros cuerpos, emociones, gustos y experiencias cotidianas se transforman en material circulante dentro de plataformas digitales que recompensan determinadas formas de visibilidad. Frente a ello, resulta necesario preguntarnos cómo recuperar una comprensión del cuerpo que no esté reducida a su valor como objeto de consumo o como dato circulante, sino que vuelva a reconocerse como territorio de encuentro, comunicación y construcción colectiva de sentido.

Es aquí donde la promesa participativa de la convergencia encuentra una de sus principales tensiones. Si cada vez más personas participan en la construcción de relatos, ¿por qué observamos una creciente homogeneización de los cuerpos, los deseos y las formas de relacionarnos? ¿Hasta qué punto nuestras subjetividades siguen siendo nuestras cuando se encuentran atravesadas por algoritmos, economías de atención y sistemas de validación permanente?

Frente a estas preguntas, recuerdo una consigna impulsada desde los movimientos de Medios Libres en México: «Toma los medios, sé los medios, haz los medios». Una propuesta profundamente influenciada por las experiencias de comunicación autónoma y comunitaria que acompañaron procesos como el zapatismo, movimiento indígena surgido en Chiapas que comprendió tempranamente la comunicación como un territorio de disputa política, construcción de autonomía y producción de narrativas propias frente a los grandes medios. Más que una invitación a utilizar herramientas de comunicación, esta postura propone una reapropiación de la capacidad narrativa. No se trata únicamente de producir contenidos, sino de convertir la comunicación en una práctica colectiva de construcción de mundo.

Particularmente poderosa resulta la idea de «ser los medios». Una postura que subvierte la lógica del cuerpo como objeto de consumo y lo reivindica como espacio de construcción identitaria, de encuentro comunitario y de transmisión de memoria. El cuerpo deja de ser una superficie sobre la cual se inscriben discursos ajenos para convertirse en un territorio vivo de comunicación y significado.

Quizás allí podamos afianzar esta forma de comprender la convergencia, como una articulación entre cuerpos, memorias, territorios y comunidades.

Antes del internet ya existían formas de inteligencia colectiva que hoy pueden leerse desde una lógica transmedial. Las historias transitaban entre distintos lenguajes y soportes, del canto al relato oral, de la asamblea a la emisora comunitaria, del mural a la celebración colectiva. La memoria circulaba entre cuerpos, territorios y prácticas culturales que permitían que el conocimiento sobreviviera en el tiempo. La convergencia ha sido parte de muchas formas comunitarias de comunicación donde el encuentro con otros era una condición indispensable para la construcción de realidades.

Por el contrario y sin ánimo de establecer una oposición absoluta entre estas formas de construcción de sentido, observo un ecosistema digital cada vez más homogéneo, alimentado por algoritmos y herramientas de inteligencia artificial que, en ocasiones, parecen orientadas a sustituir nuestra capacidad de interpretar, imaginar, mirar e incluso equivocarnos. Frente a ello, siento que resulta necesario volver a construir formas de comunicación capaces de fortalecer los vínculos humanos y comunitarios que sostienen toda posibilidad de convergencia.

Mi postura es que la convergencia tecnológica no necesariamente produce convergencia humana. La posibilidad de estar cada vez más conectados no garantiza que construyamos vínculos más profundos, comunidades más sólidas o sociedades más democráticas. Sin embargo, la cultura de la convergencia sigue siendo una idea profundamente revolucionaria porque nos recuerda que lo central no son las tecnologías, sino las personas que las habitan, las resignifican y las convierten en espacios para la construcción colectiva de imaginarios y posibilidades.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no consista únicamente en ampliar el acceso a las herramientas digitales o en seguir avanzando hacia desarrollos tecnológicos cada vez más complejos, algo necesario e inevitable, sino también en recuperar aquellas formas de convergencia que históricamente han habitado nuestros cuerpos, nuestros territorios y nuestras comunidades. La oralidad, la memoria compartida, la música, las asambleas y los encuentros cotidianos también son tecnologías humanas capaces de producir conocimiento, identidad y transformación social.

Por eso me interesa imaginar una cultura de la convergencia que, a la par del desarrollo tecnológico y en la medida en que este también contribuya a cerrar brechas y abrir espacios de participación, atraviese los territorios y los cuerpos; una transmedialidad de lo humano que habita en la palabra, en el encuentro y en la comunidad. Y, por último, concebirnos desde la corporalidad como medios, como puntos de conexión, como hilos capaces de tejer comunidad. Una idea cercana a la transmedialidad, que atraviesa los territorios y que nos atraviesa, con amor, el cuerpo.

Bibliografía

  • Farocki, H. (2013). Desconfiar de las imágenes. Caja Negra.
  • Jenkins, H. (2008). Convergence Culture: La cultura de la convergencia de los medios de comunicación. Paidós.
  • Sibilia, P. (2005). El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. Fondo de Cultura Económica.
  • Ejército Zapatista de Liberación Nacional. (1994-presente). Comunicados y materiales de comunicación autónoma. México.
T0 dieron "Me gusta"Publicado en Derecho, Humanidades

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