Cuando preparamos una clase, una conferencia o una presentación, solemos detenernos cuidadosamente en aquello que queremos comunicar. Seleccionamos contenidos, organizamos ideas, elegimos imágenes, pensamos ejemplos y la manera en que vamos a expresarlos. Sin embargo, hay una pregunta que debería aparecer incluso antes de comenzar a construirse el mensaje: ¿a quién le estamos hablando?
La comunicación no depende solamente de la existencia de un emisor y de un mensaje. Para que sea verdaderamente efectiva, necesitamos que ese mensaje pueda ser recibido, interpretado y comprendido por quien está del otro lado, el receptor. En la publicación “La comunicación en los seres vivos”, desde una narrativa de clase” (https://bloque10.unimagdalena.edu.co/la-comunicacion-en-los-seres-vivos-desde-una-narrativa-de-clase), reflexionaba precisamente sobre la comunicación y sobre esa fascinante capacidad que tenemos los seres vivos de transmitir y recibir información. Pero cuando trasladamos este fenómeno al ámbito de la comunicación humana, y particularmente al educativo, aparece un elemento que merece especial atención: las características de nuestra audiencia.
Conocer a quienes recibirán nuestro mensaje nos permite anticiparnos a una serie de aspectos que pueden determinar, en buena medida, que la comunicación logre o no su propósito. ¿Qué conocimientos previos tienen sobre el tema? ¿Qué grado de complejidad del lenguaje resulta apropiado? ¿Existen términos técnicos que podemos utilizar sin explicarlos o sería necesario introducirlos previamente? ¿Qué características culturales debemos considerar? ¿Podría una palabra, una expresión, una imagen o incluso un ejemplo adquirir una significación diferente según el contexto de quienes nos escuchan?
Un mismo mensaje puede ser perfectamente comprensible para determinada audiencia y resultar prácticamente inaccesible para otra. No por un contenido incorrecto, sino porque el código que hemos elegido para transmitirlo no necesariamente coincide con aquel que nuestros receptores pueden interpretar. Por eso conocer a la audiencia significa comprender desde dónde esas personas recibirán aquello que queremos comunicar.
En educación, este aspecto adquiere todavía mayor relevancia. Cuando desarrollamos una actividad educativa, los conocimientos previos constituyen parte esencial del punto de partida. Habíamos abordado esta cuestión desde otra perspectiva en “¿Qué evaluamos cuando evaluamos?: reflexiones sobre la coherencia evaluativa” (https://bloque10.unimagdalena.edu.co/que-evaluamos-cuando-evaluamos-reflexiones-sobre-la-coherencia-evaluativa), al referirme a los “presaberes” y al bagaje de conocimientos con el que cada estudiante llega a una nueva instancia de aprendizaje. Pero esos presaberes no solamente deberían ser considerados cuando evaluamos: también son fundamentales cuando enseñamos.
Podríamos imaginar el conocimiento como una construcción realizada con pequeños peldaños o ladrillos. Para levantar una edificación necesitamos cimientos capaces de sostener aquello que construiremos posteriormente. De manera semejante, difícilmente podremos incorporar determinados conceptos si faltan algunos de los conocimientos que permiten comprenderlos, relacionarlos e integrarlos.
Sin embargo, la analogía de una construcción estrictamente vertical resulta insuficiente. El conocimiento no se desarrolla únicamente colocando un ladrillo encima de otro. A medida que aprendemos, los nuevos conceptos se conectan permanentemente con conocimientos anteriores, los resignifican, y al mismo tiempo establecen conexiones transversales con otras áreas y disciplinas. Se trata más bien de una estructura compleja de relaciones que de una simple torre que crece de abajo hacia arriba.
En medicina esto resulta particularmente evidente. Podemos encontrarnos desarrollando un tema altamente especializado y necesitar regresar, para comprenderlo verdaderamente, a conceptos de fisiología, anatomía, farmacología, biología celular o biología molecular. Al mismo tiempo, aquello que aprendemos dentro de una disciplina puede conectarse transversalmente con otras áreas aparentemente más alejadas del objeto inmediato de estudio. Cada nuevo conocimiento encuentra sentido cuando logra integrarse dentro de esa red previa.
Por eso, cuando se prepara una dinámica de clase, no alcanza con definir correctamente el nivel del contenido que queremos desarrollar. También necesitamos preguntarnos cuáles son los cimientos sobre los que esperamos construirlo. Conocer a la audiencia no significa simplificar el mensaje, sino encontrar el nivel de complejidad desde el cual ese mensaje puede ser comprendido, relacionado e integrado. De lo contrario, podemos caer en dos extremos igualmente poco efectivos: presentar un contenido muy por debajo del nivel de quienes nos escuchan, perdiendo profundidad y capacidad de generar nuevos aprendizajes, o construir nuestro discurso sobre conocimientos que suponemos presentes pero que nuestra audiencia en realidad no posee. En este último caso, incluso una exposición impecable puede fracasar en su objetivo fundamental: comunicar.
La elección de la estrategia también forma parte de esta adaptación. Las personas no necesariamente se aproximan a la información de la misma manera, y los formatos mediante los cuales comunicamos pueden favorecer diferentes formas de participación y apropiación del conocimiento. Esta necesidad de diversificar nuestras maneras de enseñar y comunicar también habían sido parte de reflexión en “Narrativas más creativas en el aprendizaje” (https://bloque10.unimagdalena.edu.co/narrativas-mas-creativas-en-el-aprendizaje), donde planteaba la importancia de explorar diferentes formas de construir y narrar los aprendizajes.
Pero conocer a nuestra audiencia no debería ser solamente un ejercicio previo. Durante una clase, una conferencia o una conversación también recibimos información permanentemente. Una pregunta, una expresión de desconcierto, una respuesta, una participación inesperada o incluso un silencio pueden convertirse en señales acerca de cómo está siendo recibido el mensaje. Así, la comunicación se transforma en un proceso dinámico en el que también debemos aprender a observar y escuchar.
Tal vez por eso, antes de preguntarnos solamente qué queremos decir, valga la pena formularnos también: ¿quién va a escucharnos?, ¿desde qué conocimientos interpretará nuestro mensaje?, ¿desde qué contexto cultural?, ¿con qué experiencias podrá relacionarlo?, ¿qué conexiones podrá construir a partir de él?
Comunicar bien consiste en crear las condiciones para que aquello que se quiere comunicar pueda llegar al otro, ser comprendido y finalmente, encontrar un lugar desde donde conectarse con aquello que ya sabe.
Y para eso, inevitablemente, la audiencia siempre importa.
Foto de Road Trip with Raj en Unsplash
#Educación #ComunicaciónEfectiva #AprendizajeSignificativo
T0 dieron "Me gusta"Publicado en Blog










Comentarios